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Volviendo a la escuela

Desde el viernes pasado, mi cabeza está rumiando esta entrada, como en los viejos tiempos. Siento que si no escribo las palabras se me atraviesan en los pensamientos, obstaculizándolos.

Un poco de contexto

Se que escribo poco ya. Mis hijos están más grandes. Hacemos muchas cosas, todo ha salido bien, son maduros, brillantes, curiosos y amorosos, la desescolarización parece haber funcionado. Yo me he dedicado en cuerpo y alma a sacar adelante a FEM, mi proyecto de vida. Hacemos muchas cosas, que otro día contaré porque aquí no caben.

Hace unos 8 meses discutimos con una parte del equipo de FEM la necesidad de hacer un trabajo de intervención en un colegio rural, por solicitud de su rector. Animado por nuestra reputación, y un buen hombre él mismo, pedía ayuda ante lo que veía como una situación de muy difícil solución. Desde agosto del 2016, iniciamos un apoyo pedagógico al colegio, basado en nuestros prinicipios rectores: flexibilidad, adaptabilidad, experimentación, y aprender haciendo. Con un grupo de voluntarios locales e internacionales iniciamos dos procesos, una intervención lúdica para apoyar el Plan Lector del colegio, y una intervención basada en el Developmental Activities Program (dap) que usé para educar a mis hijos en pensamiento científico, y del cual soy Diplomada. 

El proceso 

Empezamos bien, el primer semestre solo dedicado a crear goce por la lectura, a llevar a los niños y niñas de la zona un poco de alegría basada en la literatura y la cultura de lo escrito. Y con dap iniciamos realizando el diagnóstico de estructuras en los cursos preescolar 1o, 2do y 3o de primaria, con el fin de poder medir bien los impactos, pero también tener historias uno a uno por cada niño o niña.

FEM es una organización pequeña, sin muchos recursos. Por eso, emprendemos proyectos pequeños, que de tener exito puedan ser modelos de otros, pero que nos permitan mantener una relación personal y directa con lo que hacemos, no nos gustan los indicadores de escritorio. Esto quiere decir que con frecuencia somos "los directivos" los que coloreamos, conducimos el carro, planeamos las actividades, y las dictamos. Insisto, nos metemos en la intervención para entender y reflexionar, como ahora.

Este semestre, en la fase II de la intervención, ya con los resultados de la primera nos hemos propuesto situar a los niños y niñas. Dónde está su pueblo, dónde Cartagena, dónde Bolívar, dónde el Caribe, dónde Latinoamérica y dónde el mundo...en el mapa, pero sobre todo en sus corazones. Creamos en la biblioteca del colegio un centro de interés geográfico, la cosa está bonita. Vamos bien.

Pero mi corazón está abrumado. Mantengo la alegría por fuera cuando voy, pero por dentro no acepto y no me explico: los niños y niñas de cuarto de primaria (8 a 9 años) no leen. No solo eso, no reconocen las letras, ni los colores, ni las figuras geométricas. (Haremos un alfabeto para decorar la biblioteca). En cuarto una niña lee perfecto, la que llegó hace un mes desplazada de Venezuela. Nunca, desde que empezamos a ir al colegio hemos logrado ver a todos los profesores al tiempo dando clase. Cuando empezamos, no había hora de inicio del descanso, ni hora de finalización. 

Lo peor, los niños se burlan horriblemente de los errores de los demás, errores que cuando llega el turno del burlón, lo convierten en el ofendido. Es la presión de grupo llevada a su peor nivel, donde oprimo y me burlo no del que sabe o puede menos que yo, sino de mí mismo encarnado en otro. No digo que prefiera el primero, pero, sí lo prefiero. Por lo menos el que se ríe del que no sabe, sabe. Pero el que se ríe del que no sabe, y tampoco sabe, ¿de qué se ríe? A quién agrede con su risa? A quién aprende a temerle? De qué se avergüenza? 

Esta es una realidad filosófica que, la verdad, se ha vuelto intolerable para mi.  No duermo de pensar en estos niños y niñas que no solo no aprendieron, sino que, condenados a la acción gregaria de un grupo sin control, YA NO VAN A APRENDER. Y no van a aprender, porque allá NADIE CREE QUE ESO CAMBIE NUNCA. Y no importa. Son los desahuciados de la sociedad. Escolarizados porque sí en un sistema que en vez de ayudarles en algo EMPEORA su exclusión, instala la desidia como lógica de vida y fomenta la inercia. Eso es la escuela pública rural en este lugar. Y me da escalofrío de pensar que esta opresión la siento por estos 100 niños...

y hay tantos en el país igual o peor que son incontables.

FEM va a meterle toda la ficha a estos 100 niños y niñas. Para decirles que no son los desahuciados del sistema. Que si el estado envía allá para castigarlos a los peores profesores, nosotros dedicaremos la energía de nuestros mejores profesionales, interpondremos las acciones jurídicas que se necesiten, conectaremos así sea en burro al FICCI, al MUICA, al Museo del Oro, al MUHCA, y a todas las entidades que podamos con la educación de esos 100 niños y niñas. Y les diremos, que sí nos importan, que sí tenemos fe en que con respeto, dignidad y paciencia, pueden y que a alguien en Colombia le importa que los niños y niñas no nazcan desahuciados según el lugar y la raza a la que pertenezcan.

Estoy harta que me digan que FEM está para cosas mas grandes, con mayor impacto. Esta es una escuela minúscula en un lugar apartado. Pero no me deja dormir saber que está en mis manos que algo cambie, y no intentarlo, al menos. Así luego me de por vencida. Ya veremos.

Odio la maldita escuela. LA ODIO. Pero me meteré de nuevo en las entrañas que me dan nauseas porque la escuela pública existe para dar a quienes no pueden recibirlo de su familia, educación. Yo la tuve, tan buena, que mis hijos no la necesitaron. Es mi obligación redistribuir eso que conseguí por física coincidencia.

Fin del comunicado.


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