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domingo, 12 de marzo de 2017

Sobre religión, espiritualidad y otras cositas

Ultimamente pienso mucho en la educación religiosa de mis hijos. Vengo de una familia particular en este aspecto. Bisabuelo escéptico, bisabuela beata, tío bisabuelo masón y 3 tías bisabuelas espiritistas. Abuelos católicos 3 y ateo el 4to. Papás confundidos, aún. Mi papá ha pasado, y me paseó, por todas las religiones imaginables, desde hare krishna hasta judíos cristianos, y todo lo intermedio, una verdadera pedagogía de la creencia. Mi mamá peca y reza, y se echa la bendición, y respeta los curas, y nunca va a misa, pero a veces sí, y cuando va comulga.

Y entonces sigo yo.

Fui criada catolica por mi abuela. De niña, odiaba ir a misa, me daba una pereza infinita pero me tocaba. Durante toda mi adolescencia tuve la fortuna de pertenecer a un grupo católico llamado AJAM que, tengo que admitir, me hizo quien soy junto con el colegio. Otras formaciones posteriores sumaron, pero las estructuras de mi formación sin duda son dos pilares: AJAM y el CNG.

Tengo un amigo que dice que AJAM nos moldeó de una forma especial que hoy se nos nota a todos los exajamistas. Yo no lo se, tal vez. El punto es que mientras estuve en AJAM, me hice profunda y convencidamente católica, leyendo, estudiando, intentando comprender. Lo que tengo claro es que mientras creí creía, con todas mis fuerzas. Y es un héroe para mi el Jesucristo rebelde y amoroso que no tenía nada, que compartía todo y que atraía gente de miles de lugares, reprendiendo a los que decían cosas y hacían lo contrario. Recuerdo en especial una convivencia de Semana Santa en la que sentí muy dentro el dolor de lo que los católicos llaman "la Pasión de Cristo", y un silencio inmenso, adentro cuando a las 3 de la tarde conmemorábamos en la misa de viernes santo su asesinato. Debo decir que por fe, por una intensa fe, lo sentí. Esa fe, como me enseño el cura Triana, se manifestaba en acciones: servicio en AJAM, del cual fui presidenta un par de veces; acción preferencial por los pobres, dandole los domingos a una comunidad en Suba donde dicté catequesis por más de 7 años; y formación de clase dirigente donde organizábamos convivencias escolares para muchachitos más chiquitos que nosotros. En el fondo, como lo veo yo desde la distancia, sigo haciendo lo mismo...jejejeje.

Përo luego vino la crisis, que no fue de fe, creo. La crisis fue de institucionalidad humana. Mi cargo como representante juvenil ante el Consejo Nacional de Laicos cuando tenía 18 años, me fue mostrando las torpezas ideológicas de la Iglesia (como la postura frente a la eutanasia) y sus porquerías (Rubiano, que era Cardenal en ese momento, era famoso por los rumores de pederastia homosexual y nadie hacía o decía nada). Yo a esa edad ya era parte de la Universidad Nacional de Colombia...y empecé a tomar distancia, no de Dios en el cielo, sino de su Administración terrenal.

Y la educación que recibí en la Universidad me fue estructurando filosóficamente. Entendí el funcionamiento de dispositivos como la religión para controlar las consciencias, para obligarlas a hacer y a decir...incluso sandeces. El colombiano promedio tiene fresco el asunto de la ideología de género promovido desde los púlpitos y la Procuraduría. Qué asco. A los dos años, yo estaba segura de que no quería hacer parte. Ser católico implicaba no solo creer en Jesucristo, y en lso dogmas de fe Católicos, sino, sobre todo, reconocer su institucionalidad. Y pues...no. No me parece. Admiro profundamente el sacerdocio del párroco comunal, rural, que vive y es el único consuelo de los campesinos en lugares apartados. Admiro la pastoral social católica que tantas veces ha sido el único estado en lugares recónditos del país. Pero me duelen las monjas abortistas como las chilenas, o las  que como la Santa Madre Laura reprodujeron la desigualdad y la exclusión con sus múltiples racismos y clasismos... Tal vez si hubiera seguido el camino de la iglesia, me hubiera convertido en guerrillera como tantos católicos de la Teología de la Liberación. Entonces no.

Me salí. Y reconozco que sentí el vacío de pertenecer a algo mayor.

Pero investigué, aprendí a respetar las espiritualidades como formas de manifestación de la cultura y no solo de reproducción del colonialismo. Conocí formas, religiones y creencias. Amo las personas críticas con una fe. Son interesantísimas y coherentes, siempre. Aprendí de fe Bahai, de budismo, incluso de unas versiones más radicales de Cristianismo. Pero no me convocan.

Y mientras tanto, tengo una relación con Dios un poco chistosa. Yo lo regaño a él por permitirnos tanta vaina! Que descaro un dios que permite la hambruna! O el asesinato de niños! Pero la verdad uso mucho un argumento divino para sustentar mi propia vida: el libre albedrío. El man nos hizo así, nos quiere libres! (O será mujer?)

No se....en definitiva, no se bien cómo situarme. Siento que debo ser coherente entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago. Y lo intento mucho todos los días. No siempre me sale pero lo intento mucho. Esa es mi mayor fuente de espiritualidad y de fe. Y a veces en los momentos más difíciles, algo pasa inesperado que me lleva a pensar que talvez sí haya algo allí intercediendo. Me encanta la oración de la Alegría Bahai, sobre todo una de sus frases: "ilumina mis poderes". Y le pido a dios que ilumine mis poderes, los que por fortuna ya sé que tengo.

Y en mi propia versión de lo que es la espiritualidad cabe la definición de fe que ahora me conmueve y que no tiene nada que ver con dios ni con diosas, ni con el mas allá, ni el más acá. FE es creer que algo se puede lograr y luchar intensamente porque se logre. Eso hago todos los días cuando me levanto a educar a dos hijos sin escuela y a sacar adelante una fundación pequeña y sin recursos, para que su misión, tan necesaria se haga posible. Eso es lo que me ha permitido vivir sin salario fijo tantos años y seguir, así que sí: "la fe mueve montañas".

Postdata. Me emociona MUCHO que venga el papa a Cartagena. MUUUUUUUUUCHO! Ese papa sobre todo! Véanse la serie en Netflix y entenderán por qué.

martes, 14 de febrero de 2017

Volviendo a la escuela

Desde el viernes pasado, mi cabeza está rumiando esta entrada, como en los viejos tiempos. Siento que si no escribo las palabras se me atraviesan en los pensamientos, obstaculizándolos.

Un poco de contexto

Se que escribo poco ya. Mis hijos están más grandes. Hacemos muchas cosas, todo ha salido bien, son maduros, brillantes, curiosos y amorosos, la desescolarización parece haber funcionado. Yo me he dedicado en cuerpo y alma a sacar adelante a FEM, mi proyecto de vida. Hacemos muchas cosas, que otro día contaré porque aquí no caben.

Hace unos 8 meses discutimos con una parte del equipo de FEM la necesidad de hacer un trabajo de intervención en un colegio rural, por solicitud de su rector. Animado por nuestra reputación, y un buen hombre él mismo, pedía ayuda ante lo que veía como una situación de muy difícil solución. Desde agosto del 2016, iniciamos un apoyo pedagógico al colegio, basado en nuestros prinicipios rectores: flexibilidad, adaptabilidad, experimentación, y aprender haciendo. Con un grupo de voluntarios locales e internacionales iniciamos dos procesos, una intervención lúdica para apoyar el Plan Lector del colegio, y una intervención basada en el Developmental Activities Program (dap) que usé para educar a mis hijos en pensamiento científico, y del cual soy Diplomada. 

El proceso 

Empezamos bien, el primer semestre solo dedicado a crear goce por la lectura, a llevar a los niños y niñas de la zona un poco de alegría basada en la literatura y la cultura de lo escrito. Y con dap iniciamos realizando el diagnóstico de estructuras en los cursos preescolar 1o, 2do y 3o de primaria, con el fin de poder medir bien los impactos, pero también tener historias uno a uno por cada niño o niña.

FEM es una organización pequeña, sin muchos recursos. Por eso, emprendemos proyectos pequeños, que de tener exito puedan ser modelos de otros, pero que nos permitan mantener una relación personal y directa con lo que hacemos, no nos gustan los indicadores de escritorio. Esto quiere decir que con frecuencia somos "los directivos" los que coloreamos, conducimos el carro, planeamos las actividades, y las dictamos. Insisto, nos metemos en la intervención para entender y reflexionar, como ahora.

Este semestre, en la fase II de la intervención, ya con los resultados de la primera nos hemos propuesto situar a los niños y niñas. Dónde está su pueblo, dónde Cartagena, dónde Bolívar, dónde el Caribe, dónde Latinoamérica y dónde el mundo...en el mapa, pero sobre todo en sus corazones. Creamos en la biblioteca del colegio un centro de interés geográfico, la cosa está bonita. Vamos bien.

Pero mi corazón está abrumado. Mantengo la alegría por fuera cuando voy, pero por dentro no acepto y no me explico: los niños y niñas de cuarto de primaria (8 a 9 años) no leen. No solo eso, no reconocen las letras, ni los colores, ni las figuras geométricas. (Haremos un alfabeto para decorar la biblioteca). En cuarto una niña lee perfecto, la que llegó hace un mes desplazada de Venezuela. Nunca, desde que empezamos a ir al colegio hemos logrado ver a todos los profesores al tiempo dando clase. Cuando empezamos, no había hora de inicio del descanso, ni hora de finalización. 

Lo peor, los niños se burlan horriblemente de los errores de los demás, errores que cuando llega el turno del burlón, lo convierten en el ofendido. Es la presión de grupo llevada a su peor nivel, donde oprimo y me burlo no del que sabe o puede menos que yo, sino de mí mismo encarnado en otro. No digo que prefiera el primero, pero, sí lo prefiero. Por lo menos el que se ríe del que no sabe, sabe. Pero el que se ríe del que no sabe, y tampoco sabe, ¿de qué se ríe? A quién agrede con su risa? A quién aprende a temerle? De qué se avergüenza? 

Esta es una realidad filosófica que, la verdad, se ha vuelto intolerable para mi.  No duermo de pensar en estos niños y niñas que no solo no aprendieron, sino que, condenados a la acción gregaria de un grupo sin control, YA NO VAN A APRENDER. Y no van a aprender, porque allá NADIE CREE QUE ESO CAMBIE NUNCA. Y no importa. Son los desahuciados de la sociedad. Escolarizados porque sí en un sistema que en vez de ayudarles en algo EMPEORA su exclusión, instala la desidia como lógica de vida y fomenta la inercia. Eso es la escuela pública rural en este lugar. Y me da escalofrío de pensar que esta opresión la siento por estos 100 niños...

y hay tantos en el país igual o peor que son incontables.

FEM va a meterle toda la ficha a estos 100 niños y niñas. Para decirles que no son los desahuciados del sistema. Que si el estado envía allá para castigarlos a los peores profesores, nosotros dedicaremos la energía de nuestros mejores profesionales, interpondremos las acciones jurídicas que se necesiten, conectaremos así sea en burro al FICCI, al MUICA, al Museo del Oro, al MUHCA, y a todas las entidades que podamos con la educación de esos 100 niños y niñas. Y les diremos, que sí nos importan, que sí tenemos fe en que con respeto, dignidad y paciencia, pueden y que a alguien en Colombia le importa que los niños y niñas no nazcan desahuciados según el lugar y la raza a la que pertenezcan.

Estoy harta que me digan que FEM está para cosas mas grandes, con mayor impacto. Esta es una escuela minúscula en un lugar apartado. Pero no me deja dormir saber que está en mis manos que algo cambie, y no intentarlo, al menos. Así luego me de por vencida. Ya veremos.

Odio la maldita escuela. LA ODIO. Pero me meteré de nuevo en las entrañas que me dan nauseas porque la escuela pública existe para dar a quienes no pueden recibirlo de su familia, educación. Yo la tuve, tan buena, que mis hijos no la necesitaron. Es mi obligación redistribuir eso que conseguí por física coincidencia.

Fin del comunicado.