Cambiamos de clima, de ropa, de casa, de vida. Vemos el mar todos los días. Aprendimos con certeza a predecir el clima. Nos convertimos en piratas, en marinos, en grandes navegantes, en mitos, en leyendas y en fantasmas. Establecimos con facilidad las tan ansiadas rutinas. Aparecieron naturalmente entre las posibilidades y las limitaciones. Comimos nuevos manjares, nuevos dulces. Ya no nos pican los zancudos. Aparecieron en nuestro lenguaje los bicitaxis, los nísperos, las mariamulatas, las gaviotas, los pelícanos, las murallas, los corozos, los bollos, la cotidianidad de las patillas. Visibles fragatas, transatlánticos, bergantines, y veleros. Convivimos con la piel y la desnudez. Mamá a vuleto a jugar intensamente, a hacer castillos, a cavar, a tirarse por un rodadero, a montar en los columpios. El bicitaxi también es un juego. Volvimos a dormir juntos. Ha sido una importante oportunidad de reinventarse. Pero también de afianzar lo que no cambia. De reencontrarse. Nos hace...